Apuntes sobre la música en Nueva España y en el México decimonónico

1. La música en el Barroco.
Debido a la distancia entre Europa y América, cuando en el viejo continente el Barroco caía en desuso (1750), los novohispanos aún estaban inmersos en esta corriente.
En los años previos a la Independencia, la composición musical estuvo centrada en las obras religiosas. Los órganos tubulares o los coros polifónicos que sonaban en las grandes catedrales daban realce a la monumental arquitectura barroca. En medio del clima cultural barroco los ritmos vernáculos estuvieron prohibidos en las obras de culto, ya que se consideraba que las danzas indígenas o de negros eran lascivas y eróticas. Aunque esta prohibición no evitó que existieran villancicos y pequeñas piezas de enseñanza religiosa en las lenguas de los indígenas y las castas.

En esta época importaba cumplir con la forma, con la estructura y las más antiguas reglas de la composición en la música cotidiana. Entre los autores de la música del virreinato destacan Francisco López y Capillas, Antonio de Salazar y Manuel de Sumaya, quienes realizaron obras novedosas para la época.

2. La música en la primera mitad del siglo XIX
En la transición del siglo XVIII al XIX los ideales musicales también fueron cambiando. Según Luis Fernando Padrón Briones los postulados artísticos de inicios del siglo XIX “se propusieron la hermandad como eje constructor, el anhelado sueño beethoveniano de la conjunción de todos los seres humanos, lo que con el paso de los años desencadenó una búsqueda en los materiales autóctonos para entender la raza humana como un ente total”. La música de distintas partes del mundo resintió estas influencias y cambios estilísticos que surgió de autores cómo Ludwig van Beethoven, Franz Peter Schubert y Robert Alexander Schumann, cuyas composiciones alentaron el patriotismo exacerbado de la época.

Estos cambios melódicos repercutieron en los pueblos de la América de habla hispana, lo que introdujo en el siglo XIX los cambios armónicos y compositivos que se consolidarían en el siglo XX.
En México, debido al clima de inestabilidad, en los primeros años del siglo XIX no se produjeron grandes obras: Las iglesias pocas veces podían mantener sus escuelas de formación musical y los laicos carecían de remuneración y de apoyos oficiales. Los autores mexicanos de esa época tenían una fuerte afición por la música, pero carecían académicamente. Debido a múltiples carencias los músicos de este periodo asimilaron de forma deficiente y tardía los estilos y contenidos del romanticismo de las escuelas alemana, italiana y francesa. Por en el México de esta época se compusieron obras híbridas de inspiración fácil, pero con carencias de composición formal.
3. La segunda mitad del siglo XIX.
La Intervención francesa trajo también otra fusión interesante a la música mexicana, las polkas, redowas, mazurkas y waltz, fueron asimiladas a las danzas autóctonas hasta formar parte del folclor de algunas regiones del país. Múltiples compositores recurrieron a ellas en sus catálogos creativos y varias se volvieron populares, mas con el paso del tiempo cedió al olvido el nombre de su autor.
En la Época del Porfiriato México se afrancesó y en cuanto a la música, la creación nacional se centró en las danzas de gusto burgués: valses y fantasías de temas vocales acompañados principalmente con piano, aunque hubo excepciones.

4. Algunos músicos del siglo XIX

José Antonio Gómez (1805-1870) fue el primer músico, del que se tengan registros, que introdujo material autóctono en las composiciones de la época. Creó piezas costumbristas cómo el Waltz de las señoritas mexicanas o las Cuadrillas mexicanas, también realizó una pieza híbrida que se queda a medio camino entre las tradición clásica vienesa y lo exótico decimonónico: Variaciones sobre el tema del Jarabe Mexicano.

Aniceto Ortega (1825-1875) fue alguien fundamental en los cambios musicales que tuvieron lugar en México. Él fundó la Sociedad Filarmónica en 1866 (que, en 1877 se convertiría en el Conservatorio Nacional) con lo que la música dio pasos más firmes hacia la profesionalización. Entre sus obras está la “Guatimotzin”, drama estrenado en 1871 por la sobresaliente Ángela Peralta y el tenor Enrico Tamberlick. Esta ópera tiene un argumento romántico que tiende más hacia la ópera italiana, pero en lo musical hizo uso de danzas autóctonas y de música popular. El “Vals-Jarabe” que compuso Ortega también es una pieza híbrida que se encuentra entre las tradición clásica vienesa y el exotismo del siglo XIX.

La cantante Ángela Peralta (1845-1883) también desarrolló una importante labor como compositora. Ella se vio bastante influida musicalmente por sus estancias en Europa, como lo reflejan sus obras “Un recuerdo de mi patria” o la galopa “México”.

El mexicano Francisco González Bocanegra fue quien creó la letra del Himno Nacional Mexicano, mientras que el catalán Jaime Nunó se encargó de darle música. Según indica Padrón-Briones, esta pieza no sólo se convirtió en “un canto patriótico o nacional, era la creación de una identidad, un símbolo que manifestaba el verdadero rostro mestizo de México, esa dualidad en la que confluyen todos los elementos conformantes de la mexicanidad”.

Máximo Ramón Ortíz (1816-1855) fue un músico que participó activamente en el gobierno de su región y compuso la aún famosa canción “La Sandunga”. La pieza fue instrumentada luego por Cándido Jiménez, creador de la primera banda de música de Tehuantepec y luego fue ampliamente difundida por el director de bandas Amado Chiñas.

Narciso Serradell Sevilla (1843-1910) compuso las “Golondrinas”. Este médico participó en la batalla del 5 de Mayo, en la cual fue aprisionado y embarcado al presidio de Clermont-Ferrand, así que sus amigos le cantaron su ya célebre composición. Serradell regresó a México luego de la Intervención francesa para seguir dedicándose a la música y a la medicina.

El músico oaxaqueño Macedonio Alcalá (1831-1869) compuso uno de los valses más conocidos y difundidos de la música mexicana y prácticamente el himno del pueblo oaxaqueño: “Dios nunca muere”.

Julio Ituarte (1845 -1905) fue un pianista de sólida técnica; realizó sones completos como: “el Guajito”, “el Palomo” o “las Mañanitas”, “el Butaquito” o “el Perico”, así como jarabes de diversas regiones, las cuales reunió en un álbum titulado “Ecos de México”.

Gustavo Campa (1863 -1934) fue alumno de Ituarte, y quizá influido por él exploró materiales autóctonos, aunque pronto se ensalzó por la música de Richard Wagner que recién se conocía en México y tomó esa bandera ultrarromantica. El 9 de noviembre de 1901 se estrenó su ópera “Rey Poeta” con Netzahualcóyotl como figura central la cual se apoya en una sólida estructura romántica.

Alberto Alvarado (1864-1939) tuvo una producción variada y abundante, algunos ejemplos son la “Danza Yaqui”, la zarzuela “Malitzin” y sus Fantasías: “Iris Mexicano”, “Floración tepehuana” o “Aires nacionales mexicanos”.

Rafael J. Tello (1872-1946) fue autor de la ópera “Nicolás Bravo” que se estrenó el 27 de agosto de 1910, en la que llevó el papel principal femenino la potosina Consuelo Escobar de Castro, quien llegaría a ser una consumada soprano.

5. Conclusión

El maestro Padrón-Briones concluye que la identidad musical mexicana es compleja, multifacética, ya que en México hay una geografía contrastada y pluriétnica en la que se ha heredado y reinterpretado elementos prehispánicos y elementos africanos. Los primeros, según refieren las crónicas hispanas, practicaba la música en todas sus actividades bélicas o pacíficas, cotidianas o extraordinarias; mientras que los segundos acompañaban a los esclavos cuando podían tener momentos de distracción.

Padrón Briones indica que para los estetas del siglo XIX la música nacional sería barroca, pues es rica y variada al nutrirse de los múltiples paisajes que hay de la costa a la montaña; para los contemporáneos, sería colorida, plural y ecléctica.

El texto aquí presentado es una adaptación de Padrón-Briones, Luis Fernando (2011) Entre polkas y jarabes: La búsqueda de una identidad musical en México, 1810-2010. En Memorias del Foro Cultural México Ayer y Hoy 1810-2010. Disponible en http://foroculturalmexicoayeryhoy.wordpress.com/

Se recomienda revisar el siguiente link: http://redescolar.ilce.edu.mx/publicaciones/publi_quepaso/angelaperalta.htm

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Pintura y literatura en los primeros años del siglo XIX en México

En el nuevo país los hombres de pensamiento y de acción trataron de organizar la administración del país mientras trataban, más que de encontrar acuerdos, de imponer el tipo de gobierno de su facción. Mientras tanto, los hombres de letras sintieron la urgencia de crear una cultura que expresara la nueva nacionalidad. Intentaron que sus pasos fueran de acuerdo a los de la marcha de la cultura que les era contemporánea. La poesía, la filosofía, la novela y la crítica escrita en los inicios del siglo XIX eran fatalmente liberales o conservadores. Así que los artistas luchaban desde sus creaciones por transformar el país en favor de las convicciones de cada uno.

En el siglo XIX se distnguen cuatro periodos culturales con una duración media de poco más de veinte años cada uno.

El primero va de 1810 a 1836. En él sobreviven formas dieciochescas y el débil neoclásico heredado del siglo XVIII. En este periodo aparece la literatura insurgente y surge en Lizardi la voz del mestizo que expresa al pueblo y predomina la literatura patriótica, los rasgos locales y los planteamientos doctrinarios.

El segundo periodo va de 1836 a 1867 pues hacia 1836 empieza a actuar la primera generación propiamente mexicana. Se comienzan a definir las dos posturas y corrientes políticas que dominarán el siglo en México. Se agrupa la primera generación del romanticismo mexicano. En la literatura se expresa el paisaje y las costumbres nacionales. Abunda la poesía, se inicia la novela sentimental y folletinesca, “comienza a existir el teatro” y se realizan acciones culturales considerables. Desde 1841 se publica El Siglo XIX y desde 1844 El Monitor Republicano.

Los mismos poetas de finales de la colonia, al calor de la Independencia buscaron inspiraciones más robustas para expresar la lucha por la creación de una patria. Los poetas anteriores y contemporáneos a esta guerra se interesaron por dar un carácter nativo a las letras, por medio de referencias a las costumbres, descripción de paisajes o alusiones a cosas propias. Sin embargo, el estilo de los autores era muy cercano a los modelos españoles.

La primera novela publicada en Nueva España y en la América hispánica fue: El Periquillo Sarniento en 1816. Una novela que reproducía fielmente el habla de los personajes: sus mexicanismos, sus incorrecciones y jergas. Se estaba dando paso de una literatura amanerada a dar voz al pueblo y escribir como él hablaba.

Esta renovación intelectual procedía de las ideas ilustradas que que habían entrado a Nueva España desde mediados del siglo XVIII. A estos rumbos comenzó a llegar la filosofía moderna pues los libros comenzaron a llegar con mayor libertad y recibieron impulso los estudios de las ciencias naturales. No es gratuito que Alexander von Humboldt haya expresado “Ninguna ciudad del Nuevo Continente, sin exceptuar las de Estados Unidos, presenta establecimientos científicos tan grandes y sólidos como la capital de México.”

El cubano José María Heredia, acaso quien fuera el primer romántico (para ser románticos bastaba exagerar sólo un poco su propio sentimentalismo, melancolía e introspección) de a lengua española, impulsó a los escritores de la primera generación cabalmente mexicana a seguir aquella escuela que convenía tan oportunamente a las circunstancias.

De hecho, la primera asociación literaria de importancia que funcionó en México fue la Academia de Letrán, que se fundó en 1836. En ella se concentraron poco a poco jóvenes adictos al romanticismo: Guillermo Prieto, Ignacio Rodríguez Galván, Fernando Calderón, José María Lafragua, Juan Nepomuceno Lacunza, Manuel Sánchez de Tagle, Andrés Quintana Roo y Manuel Gorostiza. Esta Academia tendió a mexicanizar la literatura, la guió por el camino de la emancipación.

Sin embargo, no sólo existieron las novelas por entrega en folletines; pues, tras las novelas cortas de la Academia de Letrán, aparecieron las rimeras novelas románticas en México, cuyo iniciador fue Manuel Payno.

Los poetas y escritores, en medio del choque de México contra Francia, no querían ser tomados por frívolos y malos mexicanos, por lo que pusieron énfasis en las composiciones patrióticas que publicaban. Por eso, en medio de las invasiones extranjeras, los cambios de tipo de gobierno constantes, las guerras civiles, hubo un esfuerzo “heroico” por emprender acciones culturales y las asociaciones culturales fueron creciendo en cada época.

Las revistas que se publicaban en esos años no se hacían para especialistas, sino para que las leyeran hombres y mujeres, niños y viejos, se hacían chuscas, comunicaban emociones placenteras y procuraban fortalecer sus creencias religiosas y ampliar “sin lagrimas” sus conocimientos culturales. Estas publicaciones eran vendidas a precios bajos, pues aún no se anunciaban en ellas marcas o empresas. Poco a poco los artículos históricos sobre episodios de historia europea se sustituyeron por biografías y ensayos sobre temas mexicanos o estudios de mayor circunspección científica.

Pintura 

La pintura mexicana es heredera de la plástica hispánico-colonial, en la que confluyen las prácticas pictóricas prehispánicas y las de origen europeo. Muy influyente resultó la Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes, que fue creada, en principio, para mejorar la acuñación de moneda y elevar la calidad y profesionalismo de la arquitectura, pero ésta llegó con la novedad del neoclasicismo que imponía como norma la bellezaclásica”. Su cierre, en 1821, significó el surgimiento de un pluralismo pictórico: pintores académicos, protoacadémicos y no académicos produjeron obras sin el tutelaje hispánico.

A su vez, llegaron a México no pocos artistas europeos que captaron los paisajes mexicanos y su vida cotidiana. La Academia de San Carlos se reabrió a mediados del siglo XIX y retomó su lugar como autoridad visual y occidentalizadora.

Sin embargo, ya se venían conformando en diversos artes, entre estos la pintura, una identidad nacional. Así que ya fuera dentro o fuera de la Academia, los intelectuales y artistas mexicanos fueron incidiendo en la cultura visual colando por donde podían lo nuestro: paisajes propios, costumbres propias, fisiología propia; al tiempo que admiraban profundamente lo europeo y conformaban un mestizaje artístico que se nutría de Europa y de América, de ambos pasados y de ambos presentes.

Bibliografía:

Argüello Grunstein, Alberto  (2010) La pintura en México: de la Independencia a la Revolución. Memorias del Foro Cultural México Ayer y Hoy 1810-2010. Disponible en http://foroculturalmexicoayeryhoy.wordpress.com/

Martínez José Luis (2000) México en busca de su expresión, en Daniel Cossío Villegas, Historia General de México, México El Colegio de México, pp. 707-755.

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Nota sobre la cultura en Nueva España a finales del siglo XVIII

Al finalizar el periodo Barroco, en Nueva España los rasgos de las esculturas y las pinturas se exageraban más; eran cada vez más sangrantes, más desencajadas, más conmovedoras y sobreactuadas. Con la época barroca los novohispanos tenían la necesidad reafirmarse y hacerse un lugar en el mundo. Esta cultura había conseguido el ideal de crear en América otra Europa, pero una muy americana, muy propia de los criollos. Era europea porque seguía considerando a Europa como la fuente teórica de todo modelo posible, pero la cultura criolla era americana y diferente en la medida que se aferraba a una tradición exaltándola.

Pero una corriente de pensamiento haría que Nueva España se transformara de tal forma que desaparecería y eventualmente aparecería México. Este movimiento, la Ilustración, tuvo como características tener confianza en la razón humana, la oposición a la ignorancia, el descrédito de las tradiciones, la defensa del conocimiento científico y tecnológico como instrumentos para transformar el mundo así como la búsqueda de soluciones a los problemas mediante la razón y no la religión. A partir de la Ilustración Europa propuso a otras culturas más que nunca sus valores como los únicos posibles. Aunque en Nueva España la Ilustración se hizo sentir hasta que estaba ya adelantado el siglo XVIII.
Las fachadas barrocas, las columnas helicoidales, y la arquitectura acompañada de follaje no fueron destruidas, pero la irrupción de la Ilustración en Nueva España fue facilitada por los novohispanos que sintieron que las formas del barroco más tradicionales no podían llevarse más lejos, que estaban agotadas. Algunos intentaron salvar la cultura barroca, mientras que otros se dejaron influir por la nueva corriente europea (nueva en América, pues ya tenía varias décadas en Europa).
Como hasta que el siglo XVIII estaba ya muy avanzado se pueden detectar signos de que las ideas enciclopedistas “peligrosas” penetraban en la Nueva España; lo que podríamos llamar “ilustración novohispana” no está representada por aquellos hombres que defendían las cualidades y valores de su patria, ni por los que intentaban una renovación filosófica, ni quizá aún por quienes estaban al día en cuestiones científicas, sino por quienes dejaron de ver con beneplácito la realidad americana y empezaron a criticarla violentamente. Esto significa que a diferencia de la Ilustración francesa, en Nueva España de finales del siglo XVIII no hubo ateos, deístas, enemigo de la Iglesia o racionalistas puros (actitudes que califican a la Ilustración), pero sí hombres que coincidieron en la actitud crítica de la sociedad donde vivían: Niegan todo valor a la cultura barroca, la ven con pesimismo y sólo esperan que el americano pueda con mejor educación y bajo otras circunstancias ponerse a la altura de los tiempos.
En términos de arte, la negación del barroco se da con el neoclasicismo que se difunde en Nueva España principalmente por la Real Academia de las Tres Nobles Artes de San Carlos, que abrió sus puertas en la ciudad de México en 1782. Sus profesores, inspirados por modelos franceses implantaron en el virreinato en neoclásico, una corriente ajena a la tradición local.
Según afirma Jorge Alberto Manrique Nueva España termina el siglo XVIII deseando cambio y modernidad, que entonces significaba Ilustración y neoclasicismo. Al tomar partido por esta, daba la espalda al Barroco, quizá lo único verdaderamente identificable como propio.

Bibliografía:

Manrique, J. A. (2000) Del barroco a la Ilustración, en Daniel Cossío Villegas, Historia General de México, México El Colegio de México, pp. 431-487.

Zavala de Loera, A. (2011) El proyecto del camino mixto San Luis Potosí-Tampico 1824-1835, tesis de Licenciatura, San Luis Potosí, Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

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Cambios y continuidades en la vida cotidiana del campo novohispano-mexicano a finales del XVIII e inicios del XIX

En el virreinato había pueblos prósperos en los que la población era capaz de trabajar campos y tierras adecuadas al cultivo de los alimentos básicos, pero también existían lugares semidespoblados, en cuyas tierras apenas se conseguía producir tunas de los nopales y pulque de los magueyales.

En estos ambientes casi todos los moradores se conocían y no pocos eran parientes. En el campo, las viviendas no eran un lugar sano, pues el valor de los animales hacía que los guardaran en el interior de la vivienda. Además, la familia dormía sobre petates en el piso, lo que propiciaba las picaduras de animales dañinos.

El paisaje de los pueblos se componía por cultivos y por casas de adobe con techos de palma, las cuales también existían alrededor de las haciendas. Respecto a los cascos de las haciendas, es decir, los edificios principales, eran grandes, pero fueron decorados tardíamente, pues el dueño de las haciendas generalmente no las habitaba, sino que vivia en alguna ciudad cercana. Además no todas las haciendas eran iguales; por ejemplo, en los ingenios azucareros se aceptaba con naturalidad el trabajo forzado de los esclavos, mientras que no sucedía así en las estancias ganaderas, en las que existían mayores libertades para los trabajadores.

Los pueblos de indios formaban parte del campo novohispano, en estos pueblos se gozaba de cierta autonomía de los gobiernos de la república de españoles. Por ejemplo, los indios que los habitaban no pagaban impuestos, sino tributos.

Debido a la inseguridad en los caminos y la presencia de grupos de bandidos en zonas de tránsito agrestes surgió el Tribunal de la Acordada. Este tribunal contribuyó a menguar los asaltos y robos, a la vez que aumentó el número de los presos y condenados a muerte. Es interesante que, a pesar de los prejuicios contra los grupos de “calidad inferior”, entre los reos había una porción de indios, pero también se castigaba a algunos españoles, a muchos mestizos y mulatos por delitos cometidos en las zonas rurales.

De aquí se desprende que la violencia nunca fue monopolio de un solo grupo social y, por el contrario, puso de manifiesto el fracaso de los intentos de segregación y la tendencia de los grupos populares a unirse en contra de quienes disfrutaban de todos los privilegiados.

Aún tras el impulso que los monarcas borbones dieron a la modernización de los caminos, los caminos quedaron en mal estado tras la consecución de la Independencia, los puentes se encontraban en mal estado; había deslaves, senderos empinados, ríos caudalosos, los transitaban criminales, así como animales salvajes. Además las posadas eran incomodas y se decía que eran muy sucias. Y es que durante la guerra de Independencia, además de disminuir su seguridad, los caminos sufrieron en cuanto a su recubrimiento y conservación. Aunque también existían senderos para los animales de carga, transitar por estos era incómodo y peligroso.

En estas condiciones, durante el siglo XVIII y gran parte del XIX los arrieros fueron unos de los pilares de la economía. Llevaban y traían las mercancías que producía la agricultura, la minería, la incipiente industria y el comercio exterior; y llevaban noticias de una región a otra, tal como los aguadores lo hacían en las ciudades. El negocio de la arriería lo llegaron a manejar mujeres, algunas de las cuales fueron muy exitosas y amasaron una considerable fortuna.

La existencia de la arriería dio impulso a oficios como a la talabartería, fustería, jarcería, herrería, y a la cría de caballos, burros y mulas. También daba sostén a mesones y fondas. Incluso, los  impresores pueblerinos prosperaban gracias a este comercio, pues vendían estampitas de oraciones a San Pedro, protector de caminantes y arrieros.

Al inicio de la vida independiente y hasta bien entrado el siglo XIX, los agricultores seguían sembrando los mismos cultivos y de la misma manera que en el siglo XVIII. En esta época, en las huertas familiares, además de la milpa había árboles frutales, hortalizas y algunas plantas medicinales. Las diversas variedades de agaves que se cultivaban proporcionaban mezcal, quiote y lazos; estos últimos, imprescindibles en las regiones ganaderas.

Los cambios más pronunciados en los cultivos y la forma de cultivarlos se dieron hasta finales del siglo XIX en las haciendas cercanas a las vías del ferrocarril que mandaban sus cosechas a las ciudades o a Estados Unidos.

La gente de la ciudad calificaba a los habitantes del campo como “robustos” y “fuertes”. Curiosamente, estos adjetivos eran despectivos, pues la gente de la ciudad se consideraba fina y delicada.

En realidad, la independencia no significó directamente una mejoría en la vida del campesino. En lugares como la Mixteca, en Oaxaca, nada indica que la calidad de la vida del campesino hubiese  mejorado sustancialmente de 1825 en adelante. A partir del siglo XIX la privatización de la tierra acentuó la importancia de la herencia por línea masculina en los pueblos de indios. Los indígenas tuvieron que comenzar a pagar impuestos (antes pagaban sólo el tributo) y el matrimonio en los pueblos de indios se volvió más patrilocal.

A pesar de que la vida campesina no mejoró al paso que mejoraba en las ciudades, durante el siglo XIX los campesinos trataron con mucho respeto al maestro, quien muchas veces coincidía ideológicamente con la gente rica de la ciudad.

Bibliografía:

Gonzalbo Aizpuru, Pilar (2010) “La vida en la Nueva España”, en Pablo Escalante Gonzalbo, et. al., Historia Mínima de  la vida cotidiana en México, México, El Colegio de México, pp. 49-118.

Staples, Anne (2010) “El siglo XIX”, en Pablo Escalante Gonzalbo, et. al., Historia Mínima de  la vida cotidiana en México, México, El Colegio de México, pp. 119-172.

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Cambios en la división territorial mexicana a partir de la Constitución de 1857

La Constitución de 1857 formó la Federación con 24 Estados y un Territorio (Baja California). Entre ellos estaba el Estado del Valle de México, que existiría hasta que se erigiera el Distrito Federal en otro lugar. Como el Distrito Federal nunca se trasladó a otra ciudad, el Estado del Valle de México sólo fue un proyecto, por esta razón, en realidad sólo fueron 23 Estados, un Territorio y un Distrito Federal.

Después de sancionada esta Constitución se crearon los distritos militares de Hidalgo y Morelos (el 7 de junio de 1862), también surgió el Estado de Campeche (19 de febrero de 1862) tomando los límites que tenía como distrito (esta decisión se ratificó el 29 de abril de 1863).

Recapitulando: A finales de 1864 había 25 Estados: Aguascalientes, Chiapas, Chihuahua, Campeche, Coahuila y Nuevo León, Colima, Durango, Guanajuato, Guerrero, Jalisco, México, Michoacán, Oaxaca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Sonora, Sinaloa, Tabasco, Tamaulipas, Tlaxcala, Veracruz, Valle de México, Yucatán y Zacatecas; un Territorio: Baja California; y un Distrito Federal.

El segundo periodo imperial y su división territorial (1865-1867)

El 11 de julio de 1863 se decretó la adopción del Imperio como forma de gobierno. Este fue el Segundo Imperio Mexicano. Con el gobierno de Maximiliano de Habsburgo el territorio mexicano se dividió ocho grandes distritos (por ley de 16 de marzo de 1865) que, a pesar de su índole militar, formaron parte importante de la organización territorial. Estos distritos fueron Toluca, Puebla, San Luis Potosí, Guadalajara, Monterrey, Durango, Mérida y Culiacán.

El Estatuto provisional del imperio Mexicano se expidió el 10 de abril de 1865. En el artículo 52 del Título XII de este código se consagró la siguiente división provisional: “El territorio nacional se divide […] para su administración, en ocho grandes divisiones; en cincuenta Departamentos, cada Departamento, en Distritos, y cada Distrito, en Municipalidades”.  En este régimen se procuró que las divisiones coincidieran con límites naturales para que el gobierno de los Departamentos fuera menos difícil.

Según el historiador Edmundo O’Gorman, en México, desgraciadamente, “la historia de la división de su territorio puede reducirse, con excepción de la época [del segundo Imperio], a una larga narración de pugnas entre diversas regiones del país para lograr mayor extensión territorial en detrimento de otras y con prejuicio del bien público. Cabe, pues la honra a Maximiliano y a su gobierno, de haber sido el único régimen que intentó una división política territorial científica, piedra angular de toda buena administración, y elemento esencial en el éxito de todo régimen democrático.” Por eso para él, la “organización territorial del Imperio [es] la única que merece esa designación”.

La República Triunfante y el Porfiriato

Tras la derrota que los republicanos propinaron al imperio, la República retomó a la Constitución de 1857, anuló la organización de “tendencia científica” del Imperio y el territorio volvió a la división que se tenía en 1864.

Sin embargo, los cambios territoriales continuaron: Para el 15 de enero de 1869 quedó definitivamente erigido como Estado de la Federación el segundo distrito militar creado por el decreto de 7 de junio de 1862, es decir, Hidalgo, integrado por los distritos de Actopan, Apam, Huascasaloya, Huejutla, Huichapan, Pachuca, Tula, Tulancingo, Ixmiquilpan, Zacualtipan y Zimapán, que formaban parte del Estado de México.  Años después, el 16 de abril de 1869, Morelos se erigió también en Estado.

Por decreto de 26 de febrero de 1864 se había decretado la separación de Coahuila y Nuevo León, por lo que tras el consentimiento de la mayoría de las legislaturas, el 18 de noviembre de 1869 se erigió en Estado a “Coahuila de Zaragoza”, que desde entonces es independiente de Nuevo León otra vez (recordemos que se anexó a Nuevo León el 1856). El Territorio de Tepic se creó del séptimo cantón del Estado de Jalisco el 12 de diciembre de 1884  y el 24 de noviembre de 1902 se creó el Territorio Federal de Quintana Roo.

Recapitulando: Para entonces la división territorial es la de la Constitución de 1857 aumentada con cuatro Estados y dos Territorios, es decir Aguascalientes, Chiapas, Chihuahua, Campeche, Coahuila, Colima, Durango, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, México, Michoacán, Morelos, Nuevo León, Oaxaca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Sonora, Sinaloa, Tabasco, Tamaulipas, Tlaxcala, Veracruz, Valle de México, Yucatán y Zacatecas; tres Territorios: Baja California, Tepic y Quintana Roo; así como un Distrito Federal (en realidad el Estado del Valle de México nunca existió, por lo que son 27 Estados, tres Territorios y un Distrito Federal).

La Constitución de 1917

Tras la Revolución, se promulgó una nueva Constitución el 5 de febrero de 1917. Esta Carta Magna consagró en su artículo 43° la existencia de 28 Estados: Aguascalientes, Campeche, Coahuila, Colima, Chiapas, Chihuahua, Durango, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, México, Michoacán, Morelos, Nayarit, Nuevo León, Oaxaca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Tamaulipas, Tlaxcala, Veracruz, Yucatán y Zacatecas; dos Territorios: Baja California y Quintana Roo; y un Distrito Federal. Respecto a la organización territorial anterior de los Estados y Territorios solo hubo dos cambios: El Territorio de Tepic se volvió el Estado de Nayarit y, a diferencia de la Constitución de 1857, en la de 1917 se plasmó que el Estado del Valle de México se erigiría sólo si los poderes supremos cambiaban de residencia.

La Constitución de 1917 plasmó otros cambios territoriales: Se designaron como parte del territorio nacional a las islas Guadalupe, Revillagigedo y La Pasión, es decir, las no adyacentes al territorio continental (aunque para entonces no se había resuelto el arbitraje internacional sobre esta última). Por lo tanto, el territorio mexicano obtuvo una expansión legal a partir de ese año.

Después de la publicación de la Constitución, el territorio sufrió más cambios: El 7 de febrero de 1931 Baja California se dividió en dos Territorios. El 19 de diciembre de 1931 desapareció el Territorio de Quintana Roo y se distribuyó su territorio entre Yucatán y Campeche. La isla de La Pasión pasó a ser territorio de Francia (pues México acató el dictamen a favor de este país) el 18 de enero de 1934. El 16 de enero de 1935 se erigió de nuevo el Territorio de Quintana Roo. El 16 de enero de 1952 se erigió en Estado de la Federación el Territorio Norte de Baja California.

El 6 de enero de 1960 se reformaron los artículos 42° y 48° constitucionales, aunque esta reforma se publicó en el Diario Oficial hasta el 30 de enero de 1960. Esta reforma, al declarar lo que comprende el territorio nacional, hizo una enumeración más cuidadosa y explícita de los territorios marítimos nacionales y añadió, por primera vez, la plataforma continental, los zócalos submarinos de las islas, cayos y arrecifes, las aguas de los mares territoriales y el espacio situado sobre el territorio de la República; lo que implicó un nuevo crecimiento legal en la extensión territorial del país.

Recapitulando: Para esta fecha existían 29 Estados: Aguascalientes, Baja California Norte, Campeche, Coahuila, Colima, Chiapas, Chihuahua, Durango, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, México, Michoacán, Morelos, Nayarit, Nuevo León, Oaxaca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Tamaulipas, Tlaxcala, Veracruz, Yucatán y Zacatecas; dos Territorios: Baja California Sur y Quintana Roo; un Distrito Federal y el territorio marítimo añadido en 1960.

En 1963 México perdió otra porción de territorio. Esta merma tiene su origen en el cambio de curso del Río Bravo que sucedió en 1864, cuando formó un cauce más hacia el sur. Entre ambos cauces quedó una superficie de varias hectáreas que pertenecían a una porción territorial de México conocida como El Chamizal. Como en el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848) se había pactado que todo el territorio situado al norte del río Bravo pasaba al dominio de los Estados Unidos, esta nación consideró que aquella superficie ahora le pertenecía. México jamás admitió la legalidad de esa interpretación del Tratado de Guadalupe Hidalgo, y en 1910 el asunto se sometió a arbitraje.

El 15 de junio del año siguiente, la comisión de árbitros pronunció laudo por mayoría a favor de México, pero el gobierno de Estados Unidos se negó a acatarlo. Así permaneció el asunto durante muchos años, hasta que el 30 de junio de 1962 los presidentes Adolfo López Mateos y Kennedy expidieron en México una declaración conjunta con instrucciones para encontrarle una solución al viejo problema. El 17 de julio de 1963 las cancillerías de México y Estados Unidos hicieron unas recomendaciones que contenían una transacción de compensaciones territoriales mutuas y que involucraban a El Chamizal y otras porciones  de territorios limítrofes. Respecto a El Chamizal, sólo unas 148 hectáreas de las 177 que le reconoció el laudo arbitral a México quedaron bajo su dominio. Los gobiernos de ambos países aceptaron las recomendaciones en una convención celebrada el 29 de agosto de 1963, misma que fue aprobada por el Senado de México el 26 de diciembre del mismo año.

Los últimos cambios territoriales de importancia dieron la forma al país como lo tiene ahora: El día 7 de octubre de 1974 se decretó que los Territorios de Baja California y Quintana Roo se convirtieran en Estados de la Federación; por lo que actualmente el país se constituye por 31 Estados Unidos Mexicanos y su Distrito Federal.

Bibliografía:

O’Gorman, Edmundo, Historia de las divisiones territoriales de México, México, Porrúa, 1968 [1937].

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Cambios en la división territorial mexicana en la primera mitad del siglo XIX

1.- Introducción

Los cambios territoriales en Nueva España y México no se limitan a la pérdida de California, Nuevo México y Texas, así como a la unión de Chiapas al territorio mexicano. Tanto Nueva España como México cambiaron en sus divisiones territoriales a lo largo de su existencia.

En las siguientes líneas se tratarán los cambios territoriales más importantes que tuvieron lugar en la Nueva España del siglo XVIII y a lo largo de la existencia de la nación mexicana.

Primeramente, es importante realzar que en la división territorial de la Colonia bastaba con la enumeración de las cabeceras, la lista de los pueblos, villas y rancherías sujetos a ellas, por lo que su administración puede concebirse sin necesidad de una división del territorio y la ley sólo consagra por motivos administrativos una situación existente por eso la división territorial colonial no tiene el aspecto político que esencial en el sistema republicano constitucional.

En la Colonia las provincias surgieron como resultado de fenómenos históricos reflejados sobre el territorio y reclamaron un reconocimiento legal; mientras que en la República las entidades se crean o desaparecen exclusivamente por ministerio de la ley.

En la Colonia no se podían ubicar con precisión los límites administrativos, pero tampoco en la República, sino hasta finales del siglo XIX, cuando los estudios geográficos comenzaron a incidir en la calidad de la información que se tenía sobre el territorio.

2.- La convocatoria de 1821 y el Primer Imperio Mexicano

Con el derrumbe del régimen colonial, era necesario construir la nueva nación y el nuevo Estado. Por eso la ley de Convocatoria del día 17 de noviembre de 1821, para que hubiera unión entre las Provincias, convocó a: México, Guadalajara, Veracruz, Puebla, Nueva Vizcaya, Sonora, Valladolid, Oaxaca, Zacatecas, San Luis Potosí, Guanajuato, Mérida de Yucatán, Tlaxcala, Nuevo Reino de León, Santander, Coahuila, Texas, Nuevo México, Californias, Querétaro y Chiapas. Esta división tenía un carácter de provisional y estaba conformada por  21 provincias. Fue a partir del 5 de enero de 1822 que se añadieron las demás Provincias que formaban parte de la capitanía de Guatemala.

Esta Capitanía, aunque formaba parte del imperio Español, no pertenecía a Nueva España, como tampoco pertenecía Chiapas, que, a la sazón, era parte de la Capitanía de Guatemala. Para junio de 1823 las provincias mexicanas solo eran las 20 primeras. Pues, en rigor, solo hasta este mes podía contarse legalmente a Guatemala como perteneciente a México, ya que a tras el Plan de Casa Mata, Guatemala (incluyendo a Chiapas) se separaron de México.

3.- La transición al Federalismo

Los criollos en el poder cambiaron algunos nombres, con el fin de regresar las cosas a la época previa a la conquista, lo cual era un pensamiento común en la época, según indica Manuel Orozco y Berra.

Antes del Acta Constitutiva de la Federación las Provincias eran: Alta California, Baja California (durante el imperio unidas como “las Californias”), Coahuila, Durango, Guanajuato, Guadalajara, Nuevo León, México, Nuevo México, Michoacán (antes Valladolid), Oaxaca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Santander, Sinaloa, Sonora (estas últimas dos eran antes Sonora), Tabasco (que surgió de Mérida de Yucatán), Tejas, Tlaxcala, Veracruz, Yucatán, Zacatecas, Chihuahua y el Istmo. Esta división provisional constaba de 25 Provincias.

4.- El Acta Constitutiva de la Federación

Luego de que se disolvió el Imperio, con el fin de unir de nuevo a las provincias en el gobierno que se pretendía instaurar, el Acta Constitutiva de la Federación debía servir para garantizar el éxito del sistema federal. En esta se comenzó a hablar de Estados y Territorios, que fueron en los que se dividió el territorio que se federaría en una entidad a partir de la Constitución. Por eso, con carácter de provisional,  se aprobó en los siguientes términos: “Los estados de la Federación, son por ahora los siguientes: el de Guanajuato; el Interno de Occidente; el Interno de Oriente; el Interno del Norte; el de México; el de Michoacán; el de Oaxaca; el de Puebla de los Ángeles; el de Querétaro; el de San Luis Potosí; el de los Tamaulipas; el de Tabasco; el de Tlaxcala; el de Veracruz; el de Xalisco; el de Yucatán; el de Zacatecas.” Las Californias y el partido de Colima (sin Tonila, unido a Jalisco), formaron los Territorios sujetos a la federación.  Por lo tanto, en el Acta se previeron 17 Estados y dos Territorios.

Recapitulando: Con el Acta, la Alta California y Baja California volvieron a unirse en Las Californias; Las Provincias de Coahuila y Nuevo León se convirtieron en el Estado Interno de Oriente; mientras que el Estado Interno del Norte surgió de la unión de Durango, Chihuahua y Nuevo México; Guadalajara se convirtió en Xalisco; la Provincia del Istmo desapareció y Colima surgió de Xalisco.

A través de el Acta podemos notar más cambios de nombres, como el de Yucatán por Mérida. Sin embargo, los territorios no dejaron de modificarse tras la publicación de las Actas y las Constituciones. El 7 de mayo de 1824 se declararon Estados de la Federación a Nuevo León y a Coahuila con Tejas. El 22 de mayo de 1824 decretó la separación de Durango del Estado Interno del Norte, con lo que éste formó un estado aparte. El 6 de julio de 1824 Chihuahua se convirtió en Estado y Nuevo México se volvió Territorio. Además, desde el 14 de septiembre de 1824, se añadió a México la provincia de Chiapas (sin el partido del Soconusco), que por plebiscito, decidió su unión a México.

Recapitulando: En los días anteriores a la promulgación de la Constitución General, el territorio Mexicano se conformaba de una provincia:  la de Chiapas; de 19 Estados: Coahuila con Tejas, Chihuahua, Durango, Guanajuato, Interno de Occidente, México, Michoacán, Nuevo León, Oajaca, Puebla de los Ángeles, Querétaro, San Luis Potosí, Tamaulipas, Tabasco, Tlaxcala, Veracruz, Xalisco, Yucatán, De los Zacatecas; y de tres Territorios: Las Californias, Colima (sin Tonila) y Nuevo México.

5.- Constitución de 1824 y su vigencia de once años

El artículo 5° de la “Constitución de los Estados Unidos Mexicanos”, (aprobada el 2 de octubre de 1824) dividió el territorio mexicano en 19 Estados y cuatro Territorios: “el Estado de Chiapas, el de Chihuahua, el de Coahuila y Tejas, el de Durango, el de Guanajuato, el de México, el de Michoacán, el de Nuevo León, el de Oaxaca, el de Puebla de los Ángeles, el de Querétaro, el de San Luis Potosí, el de Sonora y Sinaloa, el de Tabasco, el de Tamaulipas, el de Veracruz, el de Xalisco, el de Yucatán y el de los Zacatecas; el Territorio de la Alta California, el de la Baja California, el de Colima y el de Santa Fe de Nuevo México”. La Constitución fijó también, que una ley constitucional determinaría el carácter de Tlaxcala, que no quería depender de Puebla.

Recapitulando: Con la Constitución, Chiapas dejó de ser Provincia y se convirtió en Estado; el Estado Interno de Occidente se convirtió en el Estado de Sonora y Sinaloa; el Territorio de las Californias se dividió en el Territorio de la Alta California y el de la Baja California; mientras que la situación de Tlaxcala, que sí existía previo a la Constitución,  se dejó pendiente.

Tras la Constitución de 1824 se expidieron leyes importantes en materia de división territorial que vinieron a modificar la división territorial establecida en éste código:

-El 18 de noviembre de 1824 se eligió la ciudad de México como un distrito circular con radio de dos leguas para que allí residieran los poderes de la federación. Con esto surgió el Distrito Federal.

-El 24 de noviembre de 1824 se declaró a Tlaxcala Territorio de la Federación.

-El 13 de octubre de 1830, pese a que aún se debía demarcar el distrito que comprenderían, Sinaloa formó un sólo estado y Sonora también formó su propio estado.

-El 23 de mayo de 1835 la ciudad de Aguascalientes y los pueblos de su jurisdicción se separaron de Zacatecas y quedaron gobernados bajo la inspección del Gobierno General, como Territorio. Aunque esta separación aún debía ser aprobada por las legislaturas de los estados, existía de hecho.

Recapitulando: Durante este periodo, el Estado de Sonora y Sinaloa se dividió en dos Estados, Tlaxcala se volvió Territorio y surgieron dos nuevas entidades: el Distrito Federal y Aguascalientes. Por eso, para el 3 de octubre de 1835 (cuando se estableció el centralismo y se decretó el cese de las legislaturas de los Estados) el territorio mexicano se componía de veinte Estados: Chiapas, Chihuahua, Coahuila y Tejas, Durango, Guanajuato, México, Michoacán, Nuevo León, Oaxaca, Puebla de los Ángeles, Querétaro, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Tamaulipas, Veracruz, Xalisco, Yucatán y los Zacatecas; seis Territorios: Aguascalientes (provisionalmente), el de la Alta California, el de la Baja California, el de Colima, el de Santa Fe de Nuevo México y el de Tlaxcala; y un Distrito Federal.

6.- El Primer Centralismo: 1835-1843

A partir del 12 de octubre de 1835 los Estados se llamaron Departamentos, y la división territorial prevaleció tal como estaba, excepto por el Distrito Federal, que desapareció: Había veinte Departamentos y seis Territorios.

El 2 de marzo de 1836 Texas proclamó su Independencia, la cual no fue aceptada por el gobierno mexicano y sin embargo, éste perdió toda autoridad en aquella provincia tras el 14 de mayo de 1836, cuando retiró de ella a su ejército. Así que, aunque legalmente Texas seguía perteneciendo a México, en realidad ya era independiente.

En Yucatán se proclamó el federalismo el 8 de febrero de 1840, en esta región se hizo causa común con la sublevación de Tejas y de hecho se separó de la obediencia al gobierno de la República, hasta que se reincorporó como departamento por el decreto del 15 de diciembre de 1843.

Recapitulando: Para el final de este periodo, el territorio mexicano se componía de veinte Departamentos: Chiapas  (con el Soconusco desde 1842), Chihuahua, Coahuila, Durango, Guanajuato, México, Michoacán, Nuevo León, Oaxaca, Puebla de los Ángeles, Querétaro, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Tamaulipas, Veracruz, Xalisco, Yucatán y los Zacatecas y seis Territorios: Aguascalientes (provisionalmente), el de la Alta California, el de la Baja California, el de Colima, el de Santa Fe de Nuevo México y el de Tlaxcala.

7.- Segundo centralismo: 1843-1846

El primer centralismo tuvo vigencia hasta el 13 de junio de 1843, fecha en que se sancionaron las Bases de Organización Política de la República Mexicana que constituyeron la ley fundamental del segundo periodo del sistema centralista.

Con las Bases se dividió la República en 24 Departamentos. Los territorios se volvieron departamentos y el departamento de Coahuila y Texas se volvió lo que era de hecho para entonces: dos entidades distintas. Texas, se anexó a los Estados Unidos de América el 12 de abril de 1844, lo que fue aprobado por el Congreso de los Estados unidos de América el 1° de marzo de 1845.

Recapitulando: Durante este periodo, el territorio mexicano se componía de veinticuatro Departamentos: Aguascalientes, las Californias, Chiapas, Chihuahua, Coahuila, Durango, Guanajuato, México, Michoacán, Nuevo León, Nuevo México, Oaxaca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Tamaulipas, Texas (nominalmente), Veracruz, Xalisco, Yucatán y los Zacatecas.

8.- Segundo federalismo: 1846-1853

Cuando el país volvió al régimen federal, el decreto del 22 de agosto de 1846 convirtió a los Departamentos existentes en Estados, obedeciendo la Constitución de 1824 pero sin contrariar la división territorial del centralismo. El 21 de mayo de 1847 el Congreso Constituyente promulgó el “Acta Constitutiva y de Reformas de los Estados Unidos Mexicanos” cuya única innovación legal fue la creación del Estado de Guerrero, pero como no era definitiva, no puede contarse todavía a esa entidad en el número de los Estados, sino hasta el 27 de octubre de 1849, fecha en que se ratificó el proyecto de formar el Estado de Guerrero, que surge de territorios de Puebla, Michoacán y de México. El Acta legisló una división de carácter provisional, mientras se publicaba una nueva Constitución.

Este código declaró vigente el Acta Constitutiva de enero de 1824 y la Constitución de ese mismo año, aunque los reformaba. En este periodo nunca se erigió definitivamente el Territorio de Aguascalientes.

Desde su redacción, el Acta Constitutiva y de Reformas estableció que la condición de la ciudad de México como Distrito Federal era provisional, ya que había federalistas que deseaban que el Distrito Federal se trasladara a otra ciudad del país.

En este periodo se dio otro cambio territorial a partir de los Tratados de Guadalupe Hidalgo, firmados el 2 de febrero de 1848, con estos, Coahuila y Tamaulipas perdieron el territorio que se encontraban entre el río Bravo y los ríos Medina y Nueces, también México perdió Nuevo México y Alta California. Otro cambio sucedido en este periodo fue que Baja California se dividió en los Partidos Norte y Sur el 12 de abril de 1849.

Recapitulando: Para finalizar este periodo, la división de la República quedó con veintiún estados: Chiapas, Chihuahua, Coahuila (sin Texas), Durango, Guanajuato, Guerrero, Jalisco, México, Michoacán, Nuevo León, Oaxaca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Sonora, Sinaloa, Tabasco, Tamaulipas, Veracruz, Yucatán y Zacatecas; tres territorios: Baja Norte, Baja California Sur y Tlaxcala; y un Distrito Federal.

9.- Tercer  centralismo: 1853- 1856

Por decreto del 22 de abril de 1853, el presidente electo Antonio López de Santa Anna dio a la República como código fundamental las “Bases para la administración de la República hasta la promulgación de la Constitución”. Estas fueron un decreto dictado por el Ejecutivo en virtud de las facultades concedidas por el artículo 2° del Plan del día 6 de febrero de 1853.

Durante la vigencia de estas Bases se erigió el Territorio del Istmo de Tehuantepec (el 29 de mayo de 1853), el Territorio de la Isla del Carmen (el 16 de octubre de 1853), el Territorio de la Sierra Gorda (se crea el 1° de diciembre de 1853 y se señalan los límites el 7 de marzo de 1854, tenía su capital en San Luis de la Paz) y Aguascalientes se erige en Departamento. En este periodo el Distrito de Tuxpan, que pertenecía a Puebla, se añadió a Veracruz; además fue aprobado el Tratado de la Mesilla (20 de julio de 1854), que modificó los límites establecidos en el Tratado de Guadalupe Hidalgo y causó pérdida territorial para Sonora y por lo tanto, para la República.

El centralismo cayó de hecho con el Plan de Ayutla (1° de marzo de 1854), pero el código centralista subsistió hasta que el gobierno presidido por Ignacio Comonfort decretó el “Estatuto Orgánico Provisional de la República Mexicana”.

Recapitulando: Al finalizar este periodo había 22 Departamentos: Aguascalientes, Chiapas, Chihuahua, Coahuila, Durango, Guanajuato, Guerrero, Jalisco, México, Michoacán, Nuevo León, Oaxaca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Sonora, Sinaloa, Tabasco, Tamaulipas, Veracruz, Yucatán y Zacatecas; seis Territorios: Baja California, Colima, Isla del Carmen, Sierra Gorda, Tehuantepec y Tlaxcala; y un Distrito Federal.

Sin embargo, los liberales estaban luchando por el poder contra los conservadores, por lo que Santiago Vidaurri, con el pretexto de apoyar a Juárez contra los conservadores anexó Coahuila al Estado de Nuevo León mediante el decreto del 19 de febrero de 1856. aunque Juárez no reconoció ese acto, tuvo que ceder ante la necesidad de tropas.

10.- Periodo de transición 1856-1857

El Estatuto Orgánico Provisional tuvo vigencia del 15 de mayo de 1856 a la fecha en que se sancionó la Constitución de 1857. Este documento está tomado de la Constitución de 1824 y de las Bases Orgánicas de 1843. Aunque no adapta un sistema federal ni centralista, utiliza la palabra “estados” sin incluir los conceptos de soberanía e independencia que se concedían a estos. Por eso el historiador Edmundo O’Gorman menciona que “la designación de “estados” en el Estatuto orgánico no tiene el sentido que le corresponde legalmente a este término y debe entenderse como una expresión de preferencia en favor del sistema federal, pese a lo que en contra se dijo”.

El Estatuto tomó al Plan de Ayutla, con las reformas que se le hicieron en Acapulco, como la ley suprema y conservó la división centralista. Recapitulando: Al finalizar este periodo había 21 Estados: Aguascalientes, Chiapas, Chihuahua, Coahuila y Nuevo León, Durango, Guanajuato, Guerrero, Jalisco, México, Michoacán, Oaxaca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Sonora, Sinaloa, Tabasco, Tamaulipas, Veracruz, Yucatán y Zacatecas; seis Territorios: Baja California, Colima, Isla del Carmen, Sierra Gorda, Tehuantepec y Tlaxcala; y un Distrito Federal.

Conclusión

La primera mitad del siglo XIX mexicano comienza en 1821, por lo que con rigor, habríamos de finalizar este análisis hasta 1871, pero como la Constitución de 1857  marca una continuidad casi ininterrumpida hasta 1917.

Para ver en general esos cambios, véase en este Blog, la entrada “Cambios en la división terrritorial mexicana a partir de la Constitución de 1857” (https://difuhist1admorave.wordpress.com/2011/08/22/cambios-en-la-division-territorial-mexicana-a-partir-de-la-constitucion-de-1857/).

Bibliografía consultada:

O’Gorman, E. (1968), Historia de las divisiones territoriales de México, México, Porrúa.

Terrazas M. (1990) Hacia una nueva frontera. Baja California en los proyectos expansionistas norteamericanos, 1846- 1865. Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Álvaro Matute (editor), Ricardo Sánchez Flores (editor asociado), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, v. 13, 1990, pp. 105-117. Disponible en http://www.iih.unam.mx/moderna/ehmc/ehmc13/168.html

Páginas:

http://encicloregia.monterrey.gob.mx/documentalia/decreto_que_contiene_la_fusion.html

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/c/c7/Negociaci%C3%B3n_de_la_frontera_M%C3%A9xico-EUA.svg

Autor: Gerardo Morales Jasso.

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Cambios y continuidades en la vida cotidiana de Nueva España y México.

Los postulados de la Ilustración empezaron a ponerse en práctica desde su anuncio a mediados del siglo XVIII, por lo que el fin del Siglo de las Luces y el comienzo del siglo XIX constituyen un continuo de tiempo seccionado por la guerra de Independencia, aunque no está marcado por cambios abruptos. En realidad hubieron bastantes continuidades entre el XVIII y el XIX y cuando las élites provocaban un cambio que afectaba a los más desprotegidos, podía suceder que la población afectada se adaptara a esos cambios o que reaccionara a estos y radicalizara su comportamiento tradicional.

1a Estadísticas para finales del virreinato.

Se calcula que los indios representaban algo más de 60% de la población total, seguidos de los mestizos con cerca de 21% y con menos de 20% de quienes se consideraban españoles. Si embargo, quienes decían ser españoles representaban mayor porcentaje de la población en las ciudades.

1b Estadísticas para inicios de México.

La población oscilaba alrededor de los seis millones, de los cuales cuatro millones eran indígenas. La ciudad capital daba abrigo a una 150. 000 personas, que aumentaron durante la guerra de Independencia, cuando se buscaba refugio del conflicto bélico, y descendieron cuando la gente regreso a sus lugares de origen.

2 El mosaico cultural novohispano-mexicano

De las selvas remotas a los desiertos desolados, pasando por la bulliciosa ciudad de México; los hombres que poblaban el vasto territorio novohispano apenas compartían algunas aspiraciones y creencias comunes. La identidad del novohispano era diversa, y esa diversidad no se eliminó con la formación de la identidad mexicana. Aunque las leyes eran las mismas en todo el territorio y las instituciones monárquicas eran las mismas para todo el territorio, las costumbres no fueron homogéneas. Las creencias y valores, la manera de hablar y las costumbres familiares de unos y otros, eran muy diferentes.

Las diferencias geográficas, demográficas, de recursos naturales y de tradiciones definieron las costumbres en cada región y localidad. Las poblaciones estaban a distintas distancias de las poblaciones urbanas y pertenecían en su mayoría a ciertos grupos sociales o calidades étnicas. Todos tenían su propia cultura y por eso era diferente su vida cotidiana. En las ciudades y el campo variaba la forma en que se satisfacían las necesidades, según las posibilidades del paisaje, las normas y las prácticas laborales.

3a La alimentación en los últimos años de existencia de Nueva España.

En Nueva España se consumían guisos mestizos, diferentes a los de la tradicional cocina española, pues hasta en la preparación de los alimentos hubo un mestizaje cultural regionalizado entre las influencias europeas, africanas y americanas. Sin embargo, había españoles que buscaban mantener sus tradiciones y su alimentación peninsular. Independientemente de su tradicionalismo o su mestizaje los productos procedentes de Castilla eran un signo de prestigio.

Los indios en las Repúblicas de indios consumían principalmente lo que se producía en sus milpas, es decir, maíz, frijol, calabaza y chile. Mientras que los indios que vivían en las ciudades consumían lo que producían y lo que se producía y vendía en la ciudad.

En las ciudades era común que se preparara el pan en casas de españoles, quienes lo vendían. El pan tenía que prepararse en casa con horno, mientras que la tortilla podía ser elaborada antes de su consumo por una persona en el hogar. Así que los españoles no se mantuvieron al margen del consumo del maíz, pues la preferencia por algún tipo de grano no excluía a los otros. Los indios que habitaban las ciudades también consumían pan de vez en cuando.

El pulque formaba parte de la alimentación básica en el campo y las ciudades; suplía la carencia de otros alimentos y se tomaba en grandes cantidades, especialmente donde el agua era escasa. El vino era mayormente consumido por españoles y procedía de la Península, aunque también se producía en Nueva España, aunque su elaboración era ilegal aquí.

3b La alimentación en los primeros años de existencia de México.

Las costumbres alimentarias no experimentaron grandes cambios durante las primeras décadas del siglo XIX. En México la gente pobre almorzaba tortillas y bebía atole, lo que era una dieta 100% de carbohidratos. En la comida comían lo mismo, con sal y chile. Para comer un poco mejor, los pobres agregaban a sus tacos hierbas que recolectaban del campo o que compraban a muy bajo precio, tal como se había hecho desde siempre.

No todos comían, desayunaban y cenaban. La dieta era mas sencilla y más esparcidas las horas para tomar alimentos  entre quienes menos tenían a la hora de poner la mesa o ni siquiera tenían mesa. Los niños de escasos recursos del campo y la ciudad, para poder comer, debían pasar buen rato cazando ranas y pájaros, recogiendo huevecillos de mosco y de hormiga o atrapando otros insectos.

Si le iba bien, un peón ganaba dos reales al día. En una fonda, un almuerzo de ese precio podía consistir en huevos al gusto o algún guisado, fuere de chile, bistec, frijoles refritos o de la olla, costilla y asado, un vaso de pulque o café con leche. La comida de tres reales, consistía en caldo, sopa de pan, arroz o masa, puchero de ternera o carnero, un guisado de chile, un asado de carne con ensalada y pastas de dulce.

Antes que el agua se tomaba pulque, que tampoco era muy higiénico, pero tenia como ventajas la tradición, el gusto y los efectos embriagantes. El pulque era tan cotidiano que hasta lo bebían los niños. Como el alcoholismo era alto entre la población, el gobierno siguió prohibiendo la venta de pulque a ciertas horas y emprendió campañas para divulgar información sobre el daño que causaban las bebidas fermentadas. Sin embargo, tales medidas no dieron resultado.

4a Los españoles peninsulares en Nueva España.

Los españoles venían al Nuevo Mundo para hacer fortuna, o al menos, ese era su plan. Antes de su partida al nuevo continente, veían su estancia allí como una actividad pasajera, una forma de regresar a casa cargados de doblones. Antes de cruzar el océano su hogar seguía estando en la España europea.

Si el peninsular triunfaba y se enriquecía a veces se encariñaba con su nueva tierra; pero si no lograba enriquecerse, se avergonzaba de regresar con las manos vacías y prefería sobrevivir en la Nueva España, aunque fuera modestamente.

Los hijos americanos de los españoles peninsulares, es decir, los criollos, presumían de su limpieza de origen y de la pureza de sus costumbres hispanas, pero los funcionarios provenientes de España notaban que la población considerada española no era igual a la de Castilla, era diferente en su trato y su modo de comportarse. Aunque había criollos que mantenían sus costumbres lo más cercanas a las ibéricas; la gran mayoría de quienes se llamaban españoles en Nueva España no aspiraban a perpetuar un hispanismo que no sentían. Los criollos desarrollaron un sentimiento propio, un americanismo que se nutría de la antigua grandeza indígena, pero que renegaba del indio vivo y a su vez, se diferenciaba del europeo; aunque paradójicamente quería parecerse a él.

4b Los españoles peninsulares en México.

Tras la guerra de Independencia los negocios de los españoles se vieron afectados por la guerra y los préstamos forzosos que les impusieron. Quienes comerciaban de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad tuvieron que tomar la decisión entre seguir su camino o quedarse en una ciudad, pues la inseguridad en los caminos los podía dejar en la ruina. La amenaza de la inestabilidad hizo que muchos españoles que vivían en Europa prefirieran vender las propiedades que tenían en México a sus parientes que vivían en México para así trasladar su dinero a España y asegurarlo. Cuando se dio la expulsión de españoles no sólo afecto a los afectó a ellos: muchos españoles eran clientes de comerciantes mexicanos o extranjeros y cuando se fueron, algunos les quedaron debiendo. Pantaleón Ipiña, un comerciante español que no fue expulsado, pero que perdió tanto dinero que se vio obligado a liquidar su comercio.

5a Celebraciones en Nueva España

Las fiestas novohispanas estaban destinadas a exaltar los ministerios de la iglesia o la grandeza de la Monarquía. Los festejos eran multitudinarios, mientras que las diversiones privadas se reservaban a los grupos con capacidad para pagar el costo o para organizar bailes, “jamaicas“ y fandangos.

Las fiestas religiosas se distribuían a lo largo del año y en ellas se conmemoraban acontecimientos gozosos, como las celebraciones de las pascuas, la navidad, o la canonización de algún miembro de las órdenes regulares; también se realizaban periodos de meditación y la penitencia, como la cuaresma y el advenimiento. La fiesta anual del santo patrón de la ciudad o del pueblo solía ser preparada con meses de anticipación por los miembros de las cofradías y era recibida con gran entusiasmo por la población. También eran comunes las fiestas especiales para recibir a los nuevos virreyes en su camino a la capital del virreinato.

5b Celebraciones en México

Con el régimen republicano aún quedaron remanentes de la fastuosidad monárquica y se hacían banquetes cuando visitaban los pueblos y ciudades los héroes de guerra. Las celebraciones de cumpleaños, nacimientos, matrimonios y fallecimientos reales se fueron sustituyendo por las fechas significativas de la historia patria y se comenzó a consolidar un calendario de fiestas cívicas que se traslapó y fue sustituyendo en algunos casos al religioso.

6 Conclusión

A pesar de que en el campo y las ciudades faltaba la higiene que hubiera ayudado a prevenir y evitar contagios masivos y que los liberales se contraponían con mayor encono cada vez a la propiedad comunal indígena y a las corporaciones; con la Independencia existió un efervescente optimismo: Los hombres de letras vaticinaban para México un futuro próspero, libre, soberano, y admirado por el concurso de las naciones civilizadas. Sin embargo, muchos hombres vieron más allá de ese optimismo y comenzaron a construir ese México con múltiples sacrificios.

La vida cotidiana sin duda cambió en esta época, pues ninguna generación es igual a otra. Pero con cada generación las mutaciones en los ritmos y los cambios tuvieron distinto carácter. Tampoco hay que creer que la Independencia provocó vastísimos cambios en la vida cotidiana de la población. Muchos cambios se hicieron sólo en la legislación y tardó mucho tiempo para que la población se adaptara a ellos y realmente se aplicaran.

Por ejemplo, la esclavitud ya había disminuido a finales del XVIII, pero el propietario de tierras, minas y talleres generalmente veía a sus trabajadores como objetos a su servicio. Incluso tras la prohibición de la esclavitud y la declaración de igualdad entre ciudadanos que conllevaba la República, esta actitud no cambió mucho. Los cambios políticos y las novedades en la legislación apenas permearon la sensibilidad de quienes seguían viéndose como seres superiores a sus trabajadores.

Los cambios fueron, a lo largo del XIX, notables en las ciudades; pero a finales de este siglo los pueblos y rancherías aislados apenas y habían cambiado algo, en algunos de estos se desconocía el español y había incluso algún habitante que preguntaba qué rey gobernaba en la Nueva España. Había un retraso de 100 años de noticias. Los cambios y continuidades en Nueva España y en México fueron distintos de región a región, y comenzaron a ser mayores con la llegada del ferrocarril en el Porfiriato. El ferrocarril logró integró a la población mexicana a tal grado que los cambios fueron más acelerados a partir de su llegada.

Nota. La información aquí mostrada fue obtenida de las fuentes bibliográficas abajo citadas. Para ampliar el conocimiento sobre este y otros temas recomendamos ampliamente la consulta del libro Historia Mínima de  la vida cotidiana en México.

Bibliografía

Bazant Jan. (1975) Cinco haciendas mexicanas. Tres siglos de vida rural en San Luis Potosí. México. El Colegio de México.

Staples Anne. (2007) Pesares y placeres de Carlos María de Bustamante en P. Gonzalbo Aizpurt, M. Bazant (Coord.) Tradiciones y conflictos. Historias de la vida cotidiana en México e Hispanoamérica. México. El Colegio de México / El Colegio Mexiquense. pp. 263-290.

Gonzalbo Aizpuru, Pilar (2010) “La vida en la Nueva España”, en Pablo Escalante Gonzalbo, et. al., Historia Mínima de  la vida cotidiana en México, México, El Colegio de México, pp. 49-118.

Staples, Anne (2010) “El siglo XIX”, en Pablo Escalante Gonzalbo, et. al., Historia Mínima de  la vida cotidiana en México, México, El Colegio de México, pp. 119-172.

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